No puedo mover montañas

Pensamientos de una noche oscura 


No saber cómo volver, no saber cuándo empezar… esa es la eterna vuelta, la eterna revuelta. Del tiempo en movimiento, de las estaciones en crecimiento y del poco uso de nuestro propio entendimiento. Me pregunto cómo observar todo esto sin perder el control, la voluntad o incluso el deseo.

Estoy graduándome con cada año que vivo. Los números se suman, los recuerdos sobresalen y mi cuerpo tal vez no acompañe. Es difícil describir, presentar o incluso sentir, porque lo que vivo, o lo que oculto, no es solo una parte de quien soy, sino la totalidad de lo que busco ser.

Al final, aquel niño tenía razón: la vida adulta exige más que la infancia y, de alguna manera, no nos enseñaron a lidiar con ello, con pensamientos acelerados, frustraciones del cuerpo físico, impulsos, adicciones, idealizaciones y realizaciones.

Entonces, ¿el mérito es mío por saber o por acertar solo?
¿Y aun cometiendo errores que manchan el cuerpo y dañan el alma, soy yo el único culpable?

Los errores no definirán mi camino, sino las decisiones al asumir el control de mi pequeño mundo.


No puedo modificar lo que ya fue hecho la semilla que ya germinó bajo la tierra,  pero puedo podarla para que se alinee con lo que tiene sentido para mí.

No puedo estar atrapado entre dos mundos, en dos circunstancias arbitrarias. Tengo más de una configuración, más de una ambición, pero todas parecen llevarme al mismo punto: un final aún no convertido.

Me observo y no veo lo que otros ven. No me percibo como soy percibido, porque observo desde dentro, desde esta cáscara humana que me contiene.

Es notable lo que construimos como humanidad: puentes, ciudades, máquinas. Pero también es innegable el precio de construir en la oscuridad con los ojos cerrados a lo que somos y a lo que podríamos llegar a ser.

Ignoramos lo intangible en favor de lo material. No valoramos lo que no se puede tocar, mientras exaltamos lo transitorio.


No puedo volver en el tiempo, ni cambiar las estaciones. No puedo mover montañas solo, ni alterar el curso del mundo.

Pero puedo cambiar mi propia rueda.

Tal vez estoy perdiendo cierta pasión por la vida por la forma en que me veo en el mundo y por lo que, en realidad, estoy construyendo. No busco romper parámetros externos, sino los míos, de forma silenciosa y consciente.

Puedo mostrar lo que quiero ser. Puedo ser lo que muestro. Pero eso aún no define quién soy ni hasta dónde puedo llegar.

Maduro junto a las estaciones que me rodean. Y, como un árbol que respeta su tiempo de dar fruto, entreno mis sentidos para contribuir porque aún soy humano, y eso es lo que me hace sentir.


Sigo sin respuestas claras, pero ya no las busco como antes ,no con la misma urgencia, ni con la misma ilusión de que llegarán listas, completas, definitivas.

Hay un camino que no se revela por completo. No se ofrece a quienes se detienen a entenderlo desde fuera. Exige paso, error, repetición. Exige presencia. Entre la duda que me empuja hacia atrás y la dirección que aún no se muestra por entero, elijo avanzar, incluso sin garantías.

No camino para encontrarme en un punto fijo, como si existiera un lugar final donde todo se resolviera. Camino para no permanecer donde ya no hay crecimiento, donde el estancamiento se disfraza de descanso y el silencio se confunde con ausencia.

Aún cargo incertidumbres, fallas, impulsos que no domino por completo. También cargo pequeñas claridades discretas, casi imperceptibles que no gritan, pero sostienen. Son ellas las que me mantienen en movimiento cuando la voluntad se debilita, cuando la pasión vacila y cuando el sentido parece diluirse en lo cotidiano.

Si antes esperaba comprender para luego actuar, ahora acepto actuar incluso sin comprender del todo. Hay algo que se organiza en el propio movimiento, algo que solo se revela a quien insiste en continuar.

Y, como una rueda que no detiene su giro, incluso cuando cruje, incluso cuando desacelera, sigo ajustando mi propio eje. No para alcanzar un control absoluto, sino para no perderme por completo de mí mismo.

Tal vez no exista un momento exacto de llegada. Tal vez no haya una respuesta que cierre todo. Pero hay un gesto continuo, casi silencioso, de permanecer en movimiento.

Y, por ahora, eso no solo basta…
eso me sostiene.

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