POR QUÉ NO DIGO ADIÓS Sacrifiqué el peso necesario para caminar sin agitación, para el tropiezo sin la debida atención en búsquedas vanas lejos de la verdadera satisfacción. Salí y seguí saliendo, con los pasos contenidos en el calor del invierno, en el momento equivocado o en el momento correcto. Me fui, pero no como la última vez; me fui de nuevo, sin decir adiós a nadie. ¿Qué gano con el sacudón del viento que me trae y me lleva, que empaña mis ideas entre el humo turbio del atardecer y el sol ardiente que viene y va con tanta calma y prontitud? Al darme cuenta de que el cuerpo se descompone, pero no el alma, me fui distanciando lentamente, me fui apagando conscientemente. Les dije a todos con mi silencio: estoy enfermo y sigo persistente, intoxicándome, enfriando mis pasos en el camino hacia la aurora. Al darme cuenta de que algo me conecta con este lugar, algo me hace querer partir y sentir el deseo de volver. Aunque siempre encuentro la diferencia, la negligencia y la sequed...