No hay regreso

NO HAY REGRESO

 ¿Qué puedo esperar de esta sensación que me mantiene atento, al mismo tiempo que me distrae y quiebra lo que pienso?

¿No estaré huyendo de aquello que busco, esperando encontrar lo que no deseo?


Cierta melancolía pasa sobre mí; el tiempo crea su propio propósito y la ventaja de estar lúcido me muestra tanto los avances como el desgaste de mi estado actual.


Soy repelido por aquello que un día disfruté; estoy siendo apartado por algo que ya caminó a mi lado, rozando mi piel y susurrando en mis oídos…

Pero lo que veo ahora es ausencia, fealdad y distancia.


Tal vez me haya malacostumbrado, o quizá no tenga los ojos abiertos a los movimientos del presente, negándome a aceptar el paso del tiempo y la extrañeza de lo que veo, de lo que siento y percibo.


De una forma u otra, yo busqué esto; lo pedí, y se cumplió.

No debo detenerme ni aferrarme al pasado. Debo aceptar y lamentar, si es necesario; sufrir, si hace falta, pero superar.

No debo permanecer en el suelo esperando una mano que nunca será extendida.

Porque incluso con las manos heridas, seré yo quien deba levantarme.


Mis ojos están cansados, pero no dejan de ver; mi cuerpo está fatigado, pero no puedo detenerme ahora…

No después de todo el esfuerzo y la convicción que he construido, pues no hay camino de regreso. No puedo volver sino para ahogarme en condiciones de conciencia deplorables e indignas de un ser humano.


Puedo estar en lo cierto respecto al presente, aún puedo sentir el olor intenso del pasado, pero no puedo anticipar las reglas del juego ni sus resultados.


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