Lanzado al viento

 EL ESCENARIO Y LA PELÍCULA

Observé desde el escenario de la vida a la multitud que me miraba y me contemplaba.
El espectáculo que estaba por entregar, la música a la que iba a lanzarme;
pero todo ello para sentirme capaz, para sentirme entregado
y desafiado por mí mismo.
Siento en mí los lazos del deseo,
la cercanía sin ansias,
la búsqueda de los labios, del cuerpo y de los pechos.
Eso vive en mí, habita en mí,
hasta que aprenda a transformarlo.
Pero no lo extinguiré,
porque la provocación también me construye;
me impulsa
y en mí encuentra el mando para evolucionar.
Congelo mis manos al sentir los primeros acordes de la canción.
La melodía va llenando, poco a poco, todo el corazón.
¡Ohewa!
Aún sé cantar para mi pueblo.
Aún sé ofrecer la composición que,
como un leve viento,
mueve las hojas secas de tu suelo.
Pero del otro lado del espectáculo veo la espera
y también la violencia.
No desean lo que quiero mostrar.
No buscan lo que puedo ofrecer.
No me quieren.
Y aún no estoy preparado para entregarme por completo.
Deshago mis planes y los lanzo al viento.
Me siento
y observo las olas de mis pensamientos.
Y es allí, en el silencio entre una ola y otra,
donde percibo algo distinto:
hay en mí algo que no está en el escenario,
que no depende de la multitud,
que no se hiere con el rechazo.
Una película invisible,
un tejido sutil que envuelve el cuerpo
y me recuerda que no soy solamente personaje.
¡Rayos!
Sáquenme de aquí en cualquier momento,
pues no soportaré todo este peso
ni todo este veneno.
Tal vez entré por la puerta equivocada
y la cerré para no volver jamás.
¿Y qué haré en esta oscuridad,
en esta noche angustiada y atormentada?
Cierro los ojos
y descubro que la oscuridad no es ausencia:
es una invitación.
No veo el brillo del sol,
mis pies no sienten el calor de la tierra,
pero algo dentro de mí permanece encendido.
Cuántas ilusiones sembré en mi mente,
y solo a mí me corresponde limpiar ese jardín.
No delegaré en otros mis necesidades
ni culparé a terceros por mis irresponsabilidades.
Seré capaz de medir mi diligencia
y sostener mi propia construcción.
Porque vivir no es dominar el escenario,
sino ser consciente de él.
No es callar el deseo,
sino integrarlo.
No es huir de la multitud,
sino no depender de ella.
Tal vez la evolución no se encuentre
en el gran espectáculo
ni en la tecnología que nos trascienda,
sino en el valor de sentir
esa presencia sutil
en cada acto,
en cada elección.
El escenario continúa.
La multitud cambia.
La canción oscila.
Pero aquel que observa
permanece.


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