Palabras escondidas

COMIENDO PALABRAS ESCONDIDAS



Hay un gesto que repito sin decir, que siento al expresarlo.

No por hambre solamente — aunque a veces el estómago habla —

sino por un silencio más antiguo, más profundo, y escondido.

Como quien guarda un secreto dentro de la boca.


No me gusta que me vean, que me miren, que me sientan.

Masticar me parece demasiado íntimo, demasiado expuesto.

Como si cada mordida dijera: existo, deseo, necesito.

Y aprendí a no decir cosas así.


Quizás fue a los quince, quizás antes.

Abría la nevera como quien invade un templo prohibido.

Los ojos atentos a las puertas, a los pasos, al tiempo.


La castaña, la galleta, el chocolate — no son solo alimento.

Son símbolos, refugios, pequeñas conquistas en un mundo

donde desear parecía un delito — y muchas veces lo fue.

Un hurto, un robo — tomando lo que no era mío

pero que en el fondo, sí lo sentía como tal.


Y así actúo, y así actuaba.


Como sin orgullo, sin culpa, sin pertenencia.

Solo este vacío que llega después,

este silencio que mastica por dentro.

Pero aún así… como, pienso, ejecuto.

Según mis propias reglas,

sintiendo el peso de cada acción

y el hueco que sigue a la conquista y al abandono.


Porque allí, en ese gesto clandestino,

vive una parte de mí que insiste en existir,

cavando dentro de mí el silencio, la oscuridad

y la ausencia de la palabra escondida —

el alimento que se convertirá en conquista.


Comentarios

Entradas más populares de este blog

Una conversación con Samuel Atienza

No hay regreso

La nubre triste me aparece sonriendo