La brisa suave de la convicción dorada

  LA SUAVE BRISA DE LA CONVICCIÓN DORADA

Convengamos que he esperado este momento, elegido nacer en este tiempo: para sentir la presión contra mi pecho, este aire que respiro, la vivencia de momentos extinguidos, como ecos que se reinventan en la efimeridad. Aunque no olvide mi pasado, camino abrazando las sombras que acepté y convertí en luz. Delicadamente, me aparto de lo que no soy, buscando la esencia de lo que anhelo ser. Porque el alma, que habita en el intervalo entre el ayer y el mañana, encuentra reposo en la fragua del presente.

Consolido dos yos en uno. No por la violencia de la unión, sino por la armonía que disuelve los contrarios. A las orillas del río de la vida, vislumbro a un niño de rostro olvidado: el reflejo de un yo anterior, la sombra de lo que fui y la promesa de lo que puedo llegar a ser.
Las hadas del bosque susurraron profecías a mi oído, y de ellas creé desilusiones que se transformaron en pesadillas. La experiencia del amor perdido se convirtió en la espina que me arrastra y rasga mi carne, pero que también enseña el noble arte de la cicatrización.

Debo ser cauteloso con lo que escribo, porque al proferir palabras escritas configuro el futuro en el éter del presente. Mis ideas, como semillas, alimentan los campos de lo que está por venir, mientras mis pensamientos moldean el paisaje del destino. Así, me convierto en creador y criatura, el artífice de mi propio viaje, el maestro y el alumno que se unen en un ciclo eterno de aprendizaje. En esta búsqueda, reconozco que cada fragmento de la existencia es tanto el desafío como la llave para trascenderlo.

Por último, encuentro el silencio, donde el universo susurra secretos solo a quienes se atreven a escuchar. Es allí donde reposa la verdadera sabiduría: en el abrazo de la paradoja, en la danza de las polaridades, en el vacío que es plenitud.

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