En el Compás de la Existencia

 EN EL COMPÁS DE LA EXISTENCIA

Me siento en el banco de la plaza y observo el día pasar: el niño que corre, el pájaro que vuela, el sudor que cae en gotas desde mi frente. Estoy solo en un lugar desconocido y cálido. Duermo en el banco de la plaza, sabiendo que mañana, y quizás pasado mañana, volveré a dormir aquí. Así han sido parte de mis viajes, y una parte oculta de mí encuentra cierto placer en la vulnerabilidad, en la carencia y en la fragilidad.

Mientras camino con mi mochila roja y pesada sobre los hombros, reflexiono sobre las formas de existir. Existen tres formas de percibirse, dos formas de sentirse, y solo una forma de ser. No lo digo como una verdad absoluta, sino como una verdad que alimenta, germina y transforma, llevando de un estado a otro, del líquido al gaseoso.

Recibo alimento de manos desconocidas, agradeciendo en silencio a quienes me sostienen sin esperar nada a cambio, mientras subo y bajo colinas. Quizás mi padre no se enorgullezca del camino que elegí, pero ¿qué orgullo podría ser mayor que el de simplemente ser? Vivo como creo que debo vivir, sin miedo, viviendo plenamente hasta que la vida misma se disuelva.

Debo ser agradecido con los amigos,
con los dioses del Olimpo y con quienes habitaron
el antiguo Egipto.

Debo agradecer a las manos
que colocaron una piedra sobre otra, construyendo
esta mazmorra.

Debo agradecer por mantenerme aislado, por permitir que la soledad me enseñe aquello que las voces externas no alcanzan. Porque incluso en este mundo dual y contaminado, me concentro en la canción que resuena en mi alma.

Y así, existiendo y agradeciendo, avanzo. El compás de mi ser guía mis pasos, mientras cada pensamiento se convierte en una piedra más en el camino de mi construcción interior. Soy la metamorfosis que late al ritmo del Universo, disolviéndome y renaciendo, siempre en el ciclo eterno de ser.

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