El último domingo de mi vida
EL ÚLTIMO DOMINGO DE MI VIDA
Querido amigo que me lees,
Una vez más invoco tu presencia, con la esperanza de que, al mentalizar tu energía, el día se torne más luminoso, disipando las sombras que se ciernen sobre el cielo que he llamado vida. Al concentrarme en tu esencia, contemplo los escalones que aún me faltan por recorrer. Hay un temor que me susurra sobre el futuro, y aunque el camino sea conocido, siento que algo inesperado me atravesará.
Hoy, habiendo alcanzado la cima de una montaña, contemplo la vastedad que se revela ante mí. Y en este ápice de claridad, una ardiente y extrañamente placentera voluntad de lanzarme al último vuelo con este cuerpo humano me invade.
En mí habita un amor reverente por la muerte y un profundo respeto por la vida. Sin embargo, mi deseo es trascender los apegos, aceptando con gratitud todo lo que el destino me ofrezca. Estoy preparado para acoger tanto la tristeza como la alegría, pues ambas son los hilos que tejen el tejido de la existencia. No sembraré odio, ni apatía política o religiosa; rehúso ser terreno fértil para la discordia que corroe y separa las almas, atándonos a un mar de codicia y egoísmo.
Mi alma se encuentra en un estado de tensión creativa entre el presente y el futuro. Por un lado, la ansiedad que agita; por otro, la devoción serena que me invita a entregarme. Estoy ante dos caminos, esperando que algo se revele, mientras tiemblo ante la respuesta que vendrá en el momento justo, según mi merecimiento.
Rogué al Universo que guiara mis pasos hacia la purificación del ser. Y así sigo, recorriendo el camino que resuena en mi corazón. Cada día observo la lenta descomposición de esta materia viva que llamo cuerpo, este ropaje temporal de mi existencia. Y en esta aceptación de la impermanencia, descubro un espacio de entrega que me enseña a amar y a existir con mayor profundidad.
Pues también sé que partiré una tarde de domingo, lanzándome en los brazos del Infinito. En el día del Sol, me desprenderé de toda presencia terrenal, despidiéndome con serenidad. Aunque no tengo prisa por partir, deseo, poco a poco, disolverme. Quiero sentir cómo lentamente me abstengo de la materia, hasta partir con el dulce y pleno sentimiento del deber cumplido.
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