Entre el sentir y no sentir

  ENTRE SENTIR Y DEJAR DE SENTIR


Sentí el peso de mi mano al tocar la ligereza del suelo,
como espumas escurriéndose entre mis dedos,
como corrientes de aguas frescas desbordando la montaña,
distante de sí misma, en las alturas de una noble rectitud.

Sentí las manos callosas y la angustia de los cortes,
me mostraron el porqué de mis traumas.
Frente a los signos entre los dedos,
veo el espejo reflejando mi alma.

Ya no sentí más cuando elegí distanciarme,
cuando vi en mí mismo la muerte y el renacimiento.
Cuando discerní en la memoria los lados, los medios,
y las curvas, viendo así el rumbo incierto del sentir oscuro.

¿Por qué debo sentir si me propongo permanecer aquí:
abierto a la línea de la vida que te hace pertenecer, reconocer
y encontrar dentro de ti tus propias razones para existir,
alejándote de las incertidumbres y acercándote
a la valentía y la delicadeza?

Así te digo a ti y a mí mismo:
que dejaremos, poco a poco, de existir,
pero mientras la vida balancea la canoa del espíritu,
viviremos de un lado al otro,
entonando y escuchando nuestro propio silbido.

Ante los asombros de ser o no ser,
en el calor que derrite tu piel
y en el sudor que te limpia y te envejece.
Siente así tu sentir,
siente por ti y también siente por mí.

Hasta que sellen el momento,
hasta que crucen la puerta,
hasta que conjuguen el portal de las seis horas,
y se den el valor de que cada parte tuya no te pertenece,
sino que lleva nuestro sabor.

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