La Distancia del Cuerpo en la Valentía del Espíritu
LA DISTANCIA DEL CUERPO EN LA VALENTÍA DEL ESPÍRITU
La mañana me llega con leve sobresalto, me estiro en la cama, observando el sol entrar por las ventanas, calentando poco a poco y alcanzando todo el cuerpo. El toque celestial penetra mi piel, llenando suavemente la bravura que busca amar la plenitud de toda una vida que se acuesta sabiendo despertar.
Una vida alcanzando sus éxitos. Mirando al Sol para saber cómo bien sabe mirar, sintiendo en la tierra el tiempo preciso de quien sabe y tiene los ojos sanos. Las substancias que me conectan con la Tierra son regeneraciones de antiguos pesos, de cargas y cuidados. Cada momento se expande para alcanzar a todos. Cada día trabajando y sabiendo ejecutar su misión y así va brotando y así va naciendo y despreocupadamente muriendo.
La concesión, en el amparo, reconforta los lados oscuros del alma. Porque debo enfrentarlo todo con firmeza en los ojos, con el pecho consolado y sabiendo consolar, pues estoy ligado a este suelo y mi cuerpo es capaz de existir ante las circunstancias del mundo y los flujos universales de las ondas divinas en contraste con el vacío existencial del egoísmo humano. Tengo las manos sobre el suelo y mi ser se eleva al vértigo al alcanzar esta comprensión.
Doy pasos atrás con suavidad y me siento tranquilamente. Estoy volviendo al cuerpo y entidades me rodean con cariño. Veo en las expresiones de sus rostros los muchos rostros de seres queridos, transmitiendo consuelo al verme regresar al individuo. Miro al cielo y veo la luna con su sonrisa más fina, siento un toque en el pecho y la fuerza me llega como un sello. Seguiré este camino sin miedo.
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