Reflexiones Matutinas
REFLEXIÓN MATINAL
No, ya no puedo formular. Cada palabra o frase está desordenada, fuera de contexto o de emociones reales. Estoy confundiendo los pasos, saltando las comas y olvidando los acentos. Todo esto porque olvidé expresar lo que sentí en el momento exacto. Olvidé transcribir los sentimientos. Ahora vuelvo a hablar de cosas muertas, de expresiones confusas, de condiciones improbables que solo pueden cobrar vida a través del arte de saber comunicarse bien.
Imagina un árbol publicando sus libros llenos de acontecimientos, variaciones del tiempo, comportamientos repetitivos, visitas inesperadas y las sabidurías enraizadas. Profundiza tu visión y encuentra a las hormigas escribiendo sobre el clima, la disciplina, la fuerza y la unión. Imagina una librería repleta de escritos no humanos, relatos de diversas experiencias animales o vegetales, compartiendo algo sobre sí mismos.
Tal vez solo así se pueda comprender la naturaleza detrás de todo lo que ya ha sido hecho. Tal vez así, cada uno de nosotros pueda escribir por sí mismo dentro de su propia compilación sentimental, existencial y terrenal. Llenándose por dentro para expandirse hacia fuera, alcanzando con otros ojos lo que antes parecía invisible.
Ocho mil millones de personas, ocho mil millones de libros abiertos, de libros desgarrados, de libros pequeños y de libros interminables. La profundidad que podemos alcanzar en el camino que buscamos, en el momento en que nos entregamos al intento de conocer y acercarnos unos a otros, hasta darnos cuenta de que compartimos las mismas historias. Las geografías, los tiempos, los idiomas, las vestimentas… Todo eso son solo circunstancias de lo que somos, de lo que poseemos o del lugar en que habitamos.
Si logramos enfocarnos en lo esencial, tal vez encontremos, en el fundamento de las palabras, el mensaje escrito que va de los ojos al corazón. Que, al asimilar lo que se lee, también enseña a componer una canción, tejiendo armonía con las más nobles inspiraciones.
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